Biografía

Frase de introducción

Miguel Fernández y sus padres

Miguel Fernández y sus padres

Miguel Fernández González (1931-1993) nace y muere en Melilla, ciudad profundamente vinculada a su vida y a su obra. Cinco años tiene el poeta al estallido de la Guerra Civil Española y tan sólo diez cuando de forma brusca y temprana fallece su padre. El hecho histórico y sus consecuencias inmediatas en el ámbito social se reflejan en los textos del autor, y no por casualidad algunos críticos han denominado a algunos autores de esta generación “los niños de la guerra”.

Estas vivencias quedan reflejadas como núcleos temáticos de su obra poética. Belda (2000), en un estudio sobre el autor, los define así: a) el conflicto civil: “la óptica del niño que vivió la guerra civil desde la perspectiva inocente y sesgada que su corta edad le proporcionó y la visión crítica del adulto que la rememora como parte de su propia historia personal. En ambos casos, los sentimientos presentes o pasados, los hechos vividos, el dolor, la angustia, la desilusión, el odio entre hermanos que condicionaron su vida posterior; b) la infancia y la adolescencia marcadas por las consecuencias de la contienda: la pobreza, el desamparo, la desesperanza de sus mayores; c) la madre, como figura central del hogar, de ese paraíso infantil, generadora de unos sentimientos puros que reconcilian al hombre con su origen natural; y d) la patria, a la que el poeta se dirige, pero no con el sentido religioso invocado por otros poetas anteriores, sino como porción de tierra que nos alberga, como entidad portadora de una herencia cultural que condiciona al individuo, una parte de su historia, a la que raramente se invoca por su nombre. También el paisaje local o escenario del desarrollo del hombre que subyace bajo la máscara del poeta.

Miguel Fernández comienza a escribir en un momento político-religioso difícil. Desde el lejano 1949 en que aparece su primer poema publicado Ofelia.

Con diecisiete años obtiene el primer accésit del premio de poesía de la revista de Alicante Verbo con un libro titulado Vigilia.

En 1951, Miguel Fernández funda y dirige la revista Alcándara, que llegaría a asombrar a Vicente Aleixandre por su “volumen físico y moral”. La revista tuvo una vida muy efímera con sólo dos números publicados. La causa de su corta existencia fue directamente política, la revista fue censurada y prohibido que volviera a publicarse, este episodio dejaría hondas huellas en el jovencísimo poeta….”Alcándara llega en una hora pésima…

Podemos lograr algo verdadero si lo verdadero no es más que permanecer fiel a los íntimos mandatos. Podemos equivocarnos pero ALCÁNDARA sabrá, en este caso morirse por sí sola, tal y como ha surgido. Pero antes afirmará los aires puros, los impuros vientos que corren en nuestro mundo literario y humano. (Miguel Fernández, 1951).

La aventura de Alcándara se concibe como instrumento de ruptura, un instrumento de objetivización de lo nuevo en la república de las letras y, a la vez, un discurso crítico sobre el saber y el poder, sólo que el poder político en 1952 no toleró, un hecho significativo de la dificultad no ya de escribir, sino de vivir en la España de esos años.

La poesía pura es una obsesión permanente de Miguel Fernández, una manera peculiar de amasar el lenguaje, en palabras de Muñoz Quirós (2012), Rubén Darío regaló a Miguel la música del poema, el ritmo del verso; Rilke le enseño a intuir en un proceso poético la existencia del poema; Machado la plenitud lírica y San Juan de la Cruz esa pureza de la hablamos con anterioridad. Todo ello se articula y se muestra en un marco histórico, se genera desde una dimensión profunda de las vivencias y de una peculiar manera de mirar el mundo. Años de aprendizaje, que como señala Fernández de la Torre (1997) señalan a Miguel Fernández como poeta de la frontera, poeta del límite.

Cuando es necesario someter al análisis la producción del poeta, su clasificación y situación generacional, se ha señalado con el movimiento de los novísimos (Domínguez Rey, 1987), Poetas del 60 (Palomo, 1987), A propósito de ello, Pilar Palomo presentó en Melilla (1988), Poetas del 60 (Experiencia y Lenguaje) en aquella conferencia expreso: “…La expresión “Poetas del 60” es lo suficientemente atractiva y ambigua. Atractiva porque los escritores que participan están perfectamente instalados en el horizonte poético español. Ambigua porque, como expresiones similares, el didactismo puede perturbar el conocimiento” La nómina propuesta por Pilar Palomo fue: Joaquín Benito de Lucas, Miguel Fernández, Rafael Soto, Diego Jesús Jiménez, Ángel García López, Jesús Hilario Tundidor, Antonio Hernández y Manuel Ríos Ruiz. Premios prestigiosos los unifican; también la edad o la amistad. Sin embargo, es posible marcar fuertes diferencias y diversidad entre ellos como para mostrar caminos que, con los años se han convertido en cuasi tendencias: precisión de palabra, ritmicidad, culturalismo, metapoesía, neo-romanticismo, sentimentabildad, barroquismo, etc.

En Miguel Fernández se pueden destacar tres grandes líneas de orientación y aprendizaje: la poesía, por supuesto; la narración y el ensayo. Como señala Fernández de la Torre: “carece de sentido emprender la búsqueda de cumplimiento de códigos, incluso de inventar uno nuevo,…la poesía en Miguel Fernández, su eficacia, está en la escritura. Así se recupera la realidad, su realidad…”

Miguel Fernández escribiendo en su casa de Torres Quevedo

Miguel Fernández escribiendo en su casa de Torres Quevedo

EL ESCENARIO: LA CIUDAD COMO TERRITORIO INSPIRADOR.

La temprana infancia de Miguel es vivida en la calle General Mola, núm. 10, al quedar huérfano con sólo diez años se traslada con su madre Ana González Cortés a un nuevo espacio familiar junto a una tía, hermana de su madre y José Miguel, el hijo de esta. Aquí transcurrirá la adolescencia y juventud del poeta que abandonaría ésta para ya casado instalarse en el nº 35 de la calle Castelar.

La ausencia de la figura paterna y la situación económica y social de la España de la postguerra, circunstancias todas ellas que rodearon sus primeros años, hicieron que Miguel Fernández, poeta de una vastísima cultura literaria, filosófica, musical y con una inagotable curiosidad, desempeñara su actividad profesional en escenarios que nada tenían que ver con sus intereses: como la banca y ocasionalmente como el de profesor de primaria en el Colegio Hispano Israelita o en una compañía aérea con base en Tauima (Marruecos).

José Lupiañez (1994.), considera la ciudad de Melilla como “unos de los territorios espirituales del autor y textualmente dice:

…El escenario de la vida inmediata, el lugar de las culturas yuxta-puestas, la atalaya del observador. De la ciudad se sirve en numerosas ocasiones al darle un valor de metáfora en pequeño para su reflexión sobre el destino de los pueblos perdidos en el devenir de la historia. En la ciudad se vive la experiencia fronteriza que más que separar hace confluir las culturas en unos universales comunitarios… Arropa sus escenarios urbanos con elementos medievalizantes que confieren a su poesía un halo perturbador por el que nos vemos transportados a un mundo de valores originarios en pugna con los del presente adverso…

Se revela como fundamental en la configuración de su mundo poético, su vinculación al paisaje y a la ciudad de Melilla, manifestándose con un significado histórico, místico y religioso. Esta vinculación es considerada por Belda (2003) como recurrente vital de su obra, junto a otros aspectos como la familia, su vocación poética, o la evolución de las creencias religiosas. Quizá la singularidad de su producción esté muy vinculada a este pequeño cerco, lo que permitió al poeta una profunda indagación de su intrahistoria personal. De igual modo cabe resaltar el hecho religioso que caracteriza a estas culturas, se trata de las comunidades católica, musulmana y judía y más minoritariamente, hindú. Sus signos y celebraciones se perciben y se descubren de diversas maneras en su obra, así como la importancia de lo religioso y sus rituales…”

Como ocurriera con la cultura judía, el autor se aproximó de manera curiosa a la literatura y a la filosofía árabe. De la primera se interesó por los poetas más cercanos a él: marroquíes y tunecinos y dio a conocer a algunos de sus poetas al lector occidental a través de dos revistas: Al-Motomid (1947-1956) y Ketama (1953), a este acercamiento ayudó de forma decisiva la amistad que mantuvo con escritores españoles establecidos en Tetuán y en el Rif con los que forma grupo literario respaldados por las citadas revistas.

Sidel es el nombre simbólico con el que el poeta denomina en muchas ocasiones a la ciudad de Melilla y a su paisaje. Esta denominación tiene una correspondencia geográfica real, pues Sidel es una pequeña Kabila de Marruecos cercana a la ciudad de Melilla: Beni-Sidel.

Miguel Fernández en la Puerta de Santiago

Miguel Fernández en la Puerta de Santiago

Miguel Fernández escribió en 1978 un cuaderno de ocho folios que tituló “Canciones a Melilla para ser cantadas por Ana Riaño” este texto estaba compuesto por las siguientes letras: Vente Forastero, Nana para dormir a mi ciudad, África, Historia Interminable Como el niño en la arena, Solitúdine, Dicen que el ciervo al morir y Ciclos de la Palabra; todos ellos recopilados en un CD grabados en los estudios ACM Records de Málaga y editados por la Ciudad Autónoma de Melilla.

Este repertorio resultaba algo insólito para un poeta muy singular, decididamente universal y nada localista. Díaz Plaja (1983), en el prólogo a la Poesía Completa de Miguel Fernández (1958-1980) señala:

La personalidad literaria de Miguel Fernández presenta rasgos de singularidad desde la raíz misma de su contorno biográfico…, el ambiente en que se mueve con emocionante fidelidad toda su vida, lo sitúa en un ámbito cultural especialísimo (¿medio andaluz, medio africano?) aunque su obra no trasciende color local, ni pintoresquismo de frontera. Por el contrario, una cierta “asepsia” le impide (salvo algunos textos muy escasos) apoyarse en una realidad más o menos precisa, pero en ningún caso folklórica…,

Como señala Riaño (1996), “Melilla formaba parte de su cosmos como lugar privilegiado que él eligió nada más y nada menos para crecer, amar crear y acabar sus días”…son muchos más de los que parecen los poemas de su producción en los que Melilla sin ser nombrada late y aflora y porque de veras, no creo posible comprender la obra de ningún poeta prescindiendo de sus circunstancias biográficas o sentimentales…”

Las ciudades son algo más que calles, son el escenario y la geografía de nuestras vidas, también el lugar para nuestras cenizas. La ciudad representa un mapa de la propia experiencia vital, y nos sigue allá donde vayamos. El lazo que nos une por siempre a ellas es más fuerte de lo que podríamos pensar.

En el prólogo de la Obra Completa de Miguel Fernández, editada en 1997, Rafael Morales dice:

…Resulta evidente que la ciudad amada no sólo fue cantada por Miguel de manera directa, sino que ella misma se hizo sustancia honda y luminosa de su propia poesía, sobre todo en cuanto se refiere al entendimiento de la vida en convivencia y libertad, sin ninguna discriminatoria frontera entre las religiones y las etnias…En la poesía de Miguel Fernández encontramos tal armonía típicamente melillense de la convivencia entre judíos, cristianos y musulmanes, pero no sólo como registro de un hecho social positivo y democrático, sino como caracterización sustantiva puesta de relieve en el lenguaje y en pensamiento…

Desde el año 1995, la Consejería de Cultura y la Facultad de Filología de UNED convocan las Becas de Investigación Miguel Fernández, y hasta la actualidad son numerosos los trabajos publicados que profundizan en la producción del autor. En el año 1999, se presenta un estudio muy necesario y complementario a los realizados con anterioridad, sobre aspectos de índole religiosa, tan presentes en la ciudad del poeta, en el territorio inspirador. El trabajo realizado por Marcos y Riaño, bajo el título Judaísmo, Cristianismo e Islamismo en la creación de Miguel Fernández, ponen de relieve como las huellas de estas tres visiones del mundo están muy presentes en un poeta que siempre estuvo muy atento a sus circunstancias (Romera, 2003).

Grupo del 60 en Zamora

Grupo del 60 en Zamora

Miguel Fernández estuvo muy cerca de las costumbres, cultura, ritos, arquitectura de su territorio,… Toda su obra está plagada de referencias y alusiones y por respeto y admiración hacia ellas. Miguel Fernández no solo recibe estas influencias, sino que las asume enorgulleciéndose de ello, de ahí la riqueza y la singularidad de su voz. Pero nadie mejor que el propio Miguel para expresarlo. En la introducción de su libro Fuegos de la Memoria (1990), que tituló Almazría (semillero), nos expone sus vivencias con el mundo árabe, así como algunas claves para entenderlas. Textualmente dice así:

…De aquél, importaba una plástica, un folklore, la vida en indolencia, un tiempo que no existe, lo frugal, lo exultante del goce de los sentidos…De tales referentes, se abastecieron buena parte de mis versos sin intentarlo racionalmente a priori, estaban estos paisajes y tales figuras ante mis ojos, entre mis manos, año tras año…

De tal manera, que yo mismo me sorprendería cuando en mi canto, hablaba de mi pueblo; es decir, yo integrado en raza y país que no eran los propios. La carta de ciudadanía se me otorgaba a través de la poesía. Y esa poesía era la propia y personal…

Miguel Fernández amó las culturas con las que convivió, ellas conformaron su pensamiento espiritual y poético; convencido de la riqueza de esta diversidad, impregnaron con una fuerte carga de humanismo toda su obra.

La presencia del autor queda marcada en la ciudad en varios lugares: El parque Hernández y la estatua erigida en su homenaje bajo la araucaria a la que solía acudir siendo muy joven y acompañado de otros poetas. En este lugar podemos leer estos versos del poema Historia Interminable:

No tengo más oficio que estar solo,

mirando la techumbre de las nubes.

A veces, en el cielo veo pájaros,

y alguna vez un rayo que me alumbra.

Puede que pase un viento.

Pero nunca se ve.

Y lo cruel es que nunca tu mirada

te defienda de aquello que te azota.

(Secreto, secretísimo, 1990)

La calle que lleva su nombre, el Instituto de Educación Secundaria y la inscripción en Melilla la vieja en la plaza de “La Avanzadilla”… donde unos hermosos versos dicen:

…Canto tu valerosa,/ tu Humanitaria estirpe, tu semilla/ Caritativa Rosa/ de aquel niño en la orilla/ que nacido en amor, cantó a Melilla.”

La ciudad de Melilla también ha sido generosa con su poeta más universal nombrándole Hijo Predilecto y Medalla de Plata de la ciudad de Melilla en el año 1978. En el libro de Oro del a Ciudad consignó: “Niña mía, ciudad/ tu siempre mía/ vivirás. (Con todo lo que Melilla supone para quien quedó alumbrado por ella)”. El Ayuntamiento le dedicó una calle en la barriada de los poetas en el año 1985; le erigió un monumento en el Parque Hernández, -obra del escultor Mustafa Arruf- (1994); se aprueba en 1994 la denominación específica de Miguel Fernández para el Instituto de Educación Secundaria de Melilla, que cada año, con motivo del nacimiento del autor organiza una semana literaria sobre la vida y obra de Miguel Fernández. La Consejería de Educación, Cultura Juventud y Deportes creó la Beca de Investigación “Miguel Fernández” en 1995.


Ana Fernández Bartolomé